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domingo, 29 de octubre de 2017       

EDITORIAL

 

 

El desenvolvimiento social actual, nos obliga a mantener una actitud política, para enfrentar la crisis que atravieza Venezuela. Todo dentro de un intento de asumir un rol protagónico dentro de la política, atendiendo al zoon politikon aristotélico. Es, de cualquier manera, lo que  consideramos un aporte positivo. No hacerlo nos produce una sensación de agonía.

 

 

 

 

 

 

 

Imágenes de Novela. "EL Espíritu del difunto"

LA NOCHE DE FAUSTO

Johann Wolfgang von Goethe, entre los Clásicos deslumbra con su obra Fausto, donde con su don característico expresa los estadios de su espíritu y el mundo de las ideas y de los ideales que vive en él. Mira constantemente a su interior y utiliza siempre lo que el mundo le enseña, para elevar y ahondar su propio yo. Como diría su crítico, lo más importante es plasmar en obra y arte su propia vida, su propia personalidad. Con Fausto anima leyendas y forja un mito provisto de substancia dramática.

Escrutando como el crítico de arte, en Fausto la tragedia radica en el hecho de que todas las formas de la acción, que son irrenunciables y tenidas por valiosas en sí mismas, contienen un destino de error y están cargadas con las terribles consecuencias  de ese error a las que no es posible escapar.

Fausto, en su afán de conquistar a “Margarita”, enfrenta la vida con un “apetito” original que le conduce a la acción, echando manos a poderes diabólicos, que por su procedencia, evidentemente son nocivos. En un principio, quiso adormecer a la “madre” de Margarita pero la mata. Igualmente mata al “hermano” que lo acosaba, dejando a “Margarita” en el abandono y en la demencia que le genera su actitud y él, por su error fue imbuido en un destino trágico.

En su tragedia, Fausto cargado de años y de reveces, sus apetitos transformados por el mal se han transformado en la fría ambición, la codicia, la sed de dominio; y sus pasiones serán la del hombre inseguro. Ya no será con sus manos y con su cuerpo, el que seduciendo ocasione directamente el daño, sino que dará órdenes que serán obedecidas con aterradora celeridad, con una diligencia espantosa hasta exterminar vidas ancianas e inocentes, e inclusive, la vida joven de un pasajero casual. Bajo estas cambiadas circunstancias, el Fausto debilitado por los azares de la vida mal llevada e intolerante, pero que aún vive, reincide en su intolerancia y yerros como si estuviera en la plenitud de su vida, pero en esta etapa de su vida postrera, su acción tiene un carácter más horrible, por cuanto es mínima la justificación del desastre.

Goethe en Fausto considera, que si la tragedia de la seducción de “Margarita” y la muerte de su “madre” es conmovedora, la tragedia de la ambición, más que conmovedora, es repugnante, aunque no es difícil descubrir detrás de esa repugnancia el sentimiento de una desolación atroz: es la vida que opera sobre su propia oquedad. Fausto pretende ser la cifra de todas las potencias vitales reunidas en un haz individual, metafísico, al que le falta la univocidad o limitación de la vida humana encarnada y concreta. Evidentemente, Fausto ayer y hoy es solo un mito, que no nos da un arquetipo humano. Sin embargo existe.

Fausto:

“Con ardiente afán, ¡ay!, estudié a fondo la filosofía, la jurisprudencia, la medicina y también, por desgracia, la teología; y heme aquí ahora, pobre loco, tan sabio como antes. Me titulan maestro, me titulan hasta doctor, y cerca de diez años hace ya que llevo de las narices a mis discípulos de acá para allá, a diestro y siniestro... y veo que nada podemos saber. Esto llega casi a consumirme el corazón. Verdad es que soy más entendido que todos esos estultos doctores, maestros, escritorzuelos y clérigos; no me atormentan escrúpulos ni dudas, no temo al infierno ni al ni al diablo… pero, a trueque de eso, me ha sido arrebatada toda clase de goces. No me imagino saber cosa alguna razonable, no me imagino poder enseñar algo capaz de mejorar y convertir a los hombres. Por otra parte, carezco de bienes y dinero, de honores y grandezas mundanas. Ni un perro quisiera seguir viviendo. Por esta razón me entregué a la magia, para ver si mediante la fuerza y la boca del Espíritu, no me sería revelado algún arcano, merced al cual no tenga que seguir explicando con fatigas y sudores lo que ignoro yo mismo, y pueda conocer lo que en más íntimo mantiene unido el universo, contemplar toda fuerza activa y todo germen, sin verme así precisado a hacer más tráfico de huecas palabras.

¡Oh, luna, que brillas en toda tu plenitud! ¡Ojalá vieras por vez postrera mi miseria!, tú, a quien tantas veces a la medianoche esperaba yo velando junto a este pupitre; entonces, inclinado sobre papeles y libros, te me aparecías, consternada amiga mía. ¡Ah! ¡Si a tu dulce claridad pudiera al menos vagar por las alturas montañosas o cernerme con los espíritus en derredor de las grutas del monte, moverme en las praderas a los rayos de tu pálida luz, y, libre de toda la densa humareda del saber, bañarme sano en rocío!

¡Ay, dolor! ¿Todavía estoy metido en esa mazmorra? Execrable y mohoso cuchitril, a través de cuyos pintados vidrios se quiebra turbia la misma grata luz del cielo. Oprimido por esa balumba de libros roídos por la polilla, cubiertos de polvo, a los que rodea, hasta lo alto de la alta bóveda, ahumado papel; cercado por todas partes de redomas y botes; atestado de aparatos e instrumentos; abarrotado de cachivaches, herencia de mis abuelos. . . He aquí tu inundo! ¡Y a eso se llama un mundo!

¿Y aun preguntas por qué tu corazón se oprime ansioso en tu pecho, por qué un dolor indecible paraliza en ti todo movimiento vital? En lugar de la naturaleza viviente en cuyo seno creó Dios a los hombres, sólo ves en torno tuyo esqueletos de animales y osamentas de muertos, todo confundido entre el humo y la podredumbre.

¡Huye! ¡Fuera de aquí! ¡Al ancho campo! ¿Acaso no es para ti suficiente salvaguardia este misterioso libro de la propia mano de Nostradamus? Entonces conocerás el curso de los astros, y si la Naturaleza te alecciona, entonces te abrirá la potencia del alma, y te hablará como habla un espíritu a otro espíritu. Inútil es que la árida meditación te descifre aquí los sagrados signos. ¡Vosotros, espíritus que flotáis junto a mí, respondedme, si oís mi acento!

¡Ah! ¡Qué deleite invade súbitamente todos mis sentidos a la vista de este signo! Siento circular por mis nervios otra vez enardecida, una nueva y santa dicha de vivir. ¿Fue un dios quien trazó estos signos que calman el hervor de mi pecho, llenan de gozo mi pobre corazón, y mediante un misterioso impulso descubren en torno mío las fuerzas de la Naturaleza?

Soy un dios? ¡Se me hace tan claro! En estos simples veo expuesta ante mi alma la Naturaleza activa. Ahora, por vez primera, comprendo lo que dice el Sabio: “El mundo de los espíritus no está cerrado; tu sentido está obtuso, tu corazón está muerto. ¡Ánimo, discípulo, baña sin descanso tu pecho terrenal en los rayos de la aurora!”

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