Diario "El Globo" - Lunes 22 de enero de 2002

23 de Enero ¿Un nuevo amanecer o la verdad de un paradigma?

Enrique Prieto Silva

Mucho nos ha costado engullir las necedades de la juvenil “revolución” venezolana. Si bien es cierto que en ella permanecen renacientes viejos quijotes del comunismo otoñal, también es cierto que después del otoño aparece siempre una nueva primavera y con ella las flores que la embellecen y perfuman. Es este el verdadero paradigma de los cambios en la naturaleza. Los verdaderos cambios, que sin la premura revolucionaria impregnan y adornan el ambiente, donde no por amanecer temprano se recoge buen rocío, ni se encuentra un mejor sol para alumbrar el día. El día siempre llega, sin premura y sin atropellos y el transcurrir del tiempo siempre será igual, vendrá la mañana después del amanecer, luego vendrá la tarde y al final entrará la noche con su natural oscuridad, algunas veces impregnada de luz con las estrellas y la luna, pero con el giro terráqueo, volverá otra vez un nuevo amanecer. ¿Con luz, con vida? Amanecerá y veremos.

Habían transcurrido tan solo siete años y 23 días de la segunda mitad del Siglo XX, cuando ocurrió el cambio. Hoy lo celebramos a pesar de las ingratitudes que hemos sentido durante los últimos años. Pero, así es la vida juvenil. La del engaño y del desengaño, para al final aprender que el mundo se conforma a nuestro designio, pero no siempre con igual paradigma. De allí que los golpes enseñen, pero es de sabios vivir de la experiencia.

Ese día de 1958, acude a nuestra mente como el recuerdo de una vivencia perdurable. El día en que muy jóvenes, nos deparó la vida un momento que marcó en nosotros un camino para vivir del orgullo existencial. Ese camino de la huella con destino cierto que han querido mancillar nuevos y viejos actores, algunos con insistencia, antes inmadura y hoy equivocada. Actores de la terquedad y del desatino, quienes piensan que el mundo puede ser, a pesar de sus fracasos, la utopía de Moro o el camino de Marx, alimentada y aderezada con los incultos caudillismos criollo y latino de un mundo diferente. Siempre, sin sentido, llamada “revolución”.

En diciembre de 1957, se había efectuado un plebiscito para decir “SI” o “NO” al gobierno de Pérez Jiménez. Fue un plebiscito secreto, pero los empleados tenían que llevar al día siguiente la tarjeta del “NO” a su trabajo. El malestar se fue generalizando, hasta que se desata un descontento general.

El 1º de enero de 1958 una rebelión militar debelada desencadena una serie de manifestaciones de todos los sectores. En ese entonces no funcionaban las encuestas como ahora, pero los paros, las huelgas y la desobediencia civil ocupaba todo el espectro socio-político. Crisis que se agudiza con la decisión gubernamental de ocupar los principales cargos públicos con oficiales de las Fuerza Armadas. Es de recordar la designación del general Prato como ministro de educación, lo que causó como burla y protesta una manifestación con el desfile de un burro con las iniciales de “ME” en su gualdrapa.

Desde el día 1° se ordenó acuartelamiento clase “A” (general) y se desencadenó la persecución de los militares que tuvieron que ver o supieron algo sobre la rebelión. Eran vox pópuli los manifiestos militares pero muy escondidos ya que no existía ni el correo electrónico ni el Internet. Los lideres de la asonada, unos huyeron al exterior y otros fueron internados en calabozos de las instalaciones militares y los civiles en la Seguridad Nacional. Vivimos esos momentos y podemos contar sobre nuestras angustias, hasta la mañana del 23 de enero, cuando Venezuela pudo ver en la incipiente TV, la huida del que creímos el líder del último gobierno militar. Fuimos testigos y escoltas para la salvaguarda de la vida de los que le acompañaron en los mandos y mal utilizaron el nombre de las FAN.

Pero no fue tan simple. Había concluido el 21 la huelga de los medios de comunicación, bajo el ataque inclemente de la Seguridad Nacional y la vigilancia antimilitarista de los “medias blancas” (Policía Militar). En la noche del 22 con su amanecer del 23, no había vuelta de hoja, la historia estaba marcada para nuestro estreno militar, por lo que aceptamos el reto y decidimos enfrentarlo contra una diatriba cuyo rumbo iba a lo desconocido. Teníamos que decidir, entre quedarnos estáticos para mantener la visión de “El Nuevo Ideal Nacional”, o dar un paso al frente para apoyar y dar cabida al ideario de los políticos que, luego del “golpe” de 1945, habían sido depuestos en 1948, por uno de los líderes militares que los acompañaron en la aventura, convertido por la voluntad de sus seguidores, en el Jefe del Estado. Dimos el paso al frente solicitado, que significó “romper pabellones” y tomar las armas para, con voluntad, revivir el movimiento iniciado en Maracay el 1° y poner fin al sistema de gobierno presidido por el general Marcos Pérez Jiménez, que apuntalado por la Seguridad Nacional se autoproclamada el gobierno de las Fuerzas Armadas, pero sin los militares.

La historia se presenta siempre activa y real, cuando existen personajes actores que pueden contarla, aunque sabemos que no es irreal el que siempre la escriben los vencedores. También es real que hoy nos traten de vender la historia de una “revolución” sin vencedores, producto solo de la palabra ensalzada de mentiras y ataques malsanos al quehacer de los que si luchamos por lograr esta democracia.

La historia no puede cambiarse hoy tan fácilmente con la revolución de las comunicaciones. Es de necios pensar como piensan los actuales revolucionarios de los “últimos 40 años”, ya cumplidos los 43. Lamentable, su juventud aunada a su ignorancia supina y el creer en lo mesiánico, los lleva a pretender hacer conclusiones políticas. Para ellos, el tiempo es nuevo pero la historia los confunde, por lo que no podrán cambiar los hechos. La democracia de hoy es la misma que quiso surgir en 1945, con la llamada Revolución de Octubre, que, como rebelión cívico-militar depuso al general Isaías Medina Angarita. Luego, los mismos personajes, entre otros Marcos Pérez Jiménez en el llamado golpe militar del 24 de noviembre de 1948, derrocaron el gobierno electo de Rómulo Gallegos.

Fue el transcurrir de una historia militar de golpes y contragolpes en el siglo XX, donde los personajes del liderazgo político, si así pudiéramos llamarlo, se subrogaban el gobierno en nombre de las Fuerzas Armadas, hasta el surgimiento de Pérez Jiménez, luego del asesinato de su colega Carlos Delgado Chalbaud, hasta su derrocamiento del que creímos era el último golpe de Estado, el 23 de enero de 1958. Chávez y su grupo nos confirmaron que estábamos equivocados.

La lectura de una entrevista efectuada por el periodista Tulio Hernández, al general Pérez Jiménez, publicada en septiembre de 2001, nos llama a la reflexión sobre el pensamiento de algunos militares, quienes pareciera que en el contacto con la generalidad profesional, sintieran una inflexión para considerarse como dotados de un poder de interpretación del colectivo, asumiendo el rol del liderazgo para insurgir en nombre de las FAN y luego, en nombre del pueblo. Dice el periodista: “El único momento de debilidad –al referirse a Pérez Jiménez- fue cuando le pregunté si había llorado alguna vez y me dijo que sí, que lo había hecho en enero del 58, cuando bajó a la base naval de Mamo y tuvo que meter preso a un grupo de oficiales que estaban conspirando. Lloró porque eran como sus hijos. Porque no entendía cómo le hacían eso a él esos jóvenes por quienes lo había dado todo, incluyendo el golpe, y por la institución militar, que era su tacita de plata, que él había contribuido a modernizar y profesionalizar contra «los chopo e’ piedra», los no profesionales que reinaron en las Fuerzas Armadas hasta los tiempos de Medina. Hacerle eso a él, que había construido el Círculo Militar para que los jóvenes oficiales no se sintieran menos cuando los llevaran a las quintas con piscina del Country Club”. Cada quien que asuma su interpretación y comparación.

Pero si algo queremos sacar como conclusión de lo que es la celebración del 23 de enero, es comprender el fin del movimiento en el 58 y el que hoy se persigue: “Mantener la Democracia”; así se desprende del comunicado que aúpa la marcha de celebración preparada para este miércoles: "El 23 de enero de 1958, el pueblo de Venezuela y la Fuerza Armada Nacional, se unieron para derrocar la última dictadura militar que sufrió el país. En este momento, 44 años después de aquella fecha, el país se une nuevamente para rechazar cualquier intento de establecer y consolidar un sistema totalitario y atrasado, y reitera su inquebrantable decisión de vivir para siempre en paz y libertad".

Muchas cosas se explican del 23 de enero de 1958 y aciertan los que dicen que más del 70% de los venezolanos no saben la razón de ser de esta jornada y son muchos, tanto jóvenes como viejos que tienen una idea desfigurada de lo que ocurrió entonces. De mayor gravedad que, tanto el Presidente Chávez como sus seguidores abiertamente lo confunden con el pacto de Punto Fijo que surgió a posteriori. Más aún, tratan de compararlo con las escaramuzas fracasadas del 4 de febrero y 27 de noviembre de 1992, que unen los seguidores al proceso electoral que llevó a Chávez a la Presidencia con lo que tratan de justificar el fracaso que llaman “proyecto” o “revolución”. Algunos seguidores, conocedores de la gesta del 23 de enero y de las anteriores, engañan a sus ignorantes camaradas, haciéndoles creer que en verdad se trata de una revolución, pero ese engaño lo pagarán algún día, mas temprano que tarde. Muchos de ellos, razón que no comprendemos, regresaron del forzado destierro a que fueron condenados durante años y los familiares de los muertos y desaparecidos, pudieron honrar su memoria. Los partidos políticos, declarados ilegales y sus dirigentes perseguidos salieron de la clandestinidad. Algunos de estos partidos, hoy se han declarado revolucionarios y denigran de su pasado. Eso es traición.

No podemos olvidar y así hay que enseñárselo a los jóvenes revolucionarios, que a partir de esa fecha comenzó a organizarse la sociedad civil y tomó cuerpo el hoy llamado “soberano”, iniciándose un proceso de construcción y reconstrucción institucional, la misma que hoy sirve de base a la “revolución”. En ese entonces, sin expresarlo, el poder gubernamental se jactaba de creer que era el Estado y que todo lo podía.

A partir del 23 de enero, los líderes políticos aprendieron la lección y comenzó el fin del sectarismo y de las divisiones sociales. Sin embargo, como hoy, las apetencias gubernamentales y el deseo de mantener la supremacía partidista, hicieron resurgir las incomprensiones, la improvisación y los odios, que, igual al pasado habían abierto el camino a la dictadura militar. Fue erróneo el camino tomado, ya que en contrario, era necesario planificar la construcción y el desarrollo de una democracia, representativa, alternativa, plural, participativa en un clima de libertad, que permitiera la modernización del país, única forma de lograr mejor la calidad de vida del venezolano, sin discriminaciones. El resultado fue: el 4F y el 27N, traducidos en lo que hoy han dado en llamar "proyecto” o “revolución”. Pareciera que, así como se ha propuesto volver a Carabobo, también tendríamos que volver al 23 de Enero.